sábado, 17 de febrero de 2007

El largo brazo del plexiglas y sus parientes.

Otra vez de hospitales con mis progenitores, ahora el de sexo masculino. Otra vez con prótesis de cadera como tema. Así va el pobre blog, sobreviviendo con las aportaciones de amigos como el siempre sorprendente Fernando Cossío. Pasar muchas horas en un hospital y tener una polimérica deformación profesional le permite a uno concluir que nada sería igual en el funcionamiento diario de una planta como la de Traumatología, por la que ahora me paseo con aire un tanto desesperado, si los materiales poliméricos desaparecieran en una cataclismo. Guantes de caucho para cada intervención del personal sanitario aunque sólo sea para meter al enfermo en la cama, pañales para los que tienen problemas con los esfínteres, bolsas de suero y sangre de PVC, catéteres para la dosificación de esos productos, bandejas con las comidas, andadores y muletas ligeras, jeringas, cápsulas con medicamentos y, sobre todo, los componentes poliméricos de las prótesis de rodilla y cadera, que no en vano la gran mayoría de los internados en la planta en la que estoy son personas con problemas de uno u otro tipo. Y sobrevolando sobre esa idea, aquí estoy, tratando de paliar con una nueva entrada esta sequía creativa que últimamente me atosiga.

Varios lectores impenitentes de este blog me han dicho que empiezo muchas entradas en plan abuelo Cebolleta, contando historias de mi infancia o de tiempos aún más pretéritos. Abuelo real no voy a ser nunca, así que dado que no podré contar batallitas a nieto alguno, concédaseme la licencia de ser un abuelo literario con mis pocos pero fieles lectores. De nuevo aquí, la historia arranca en mis años de chaval asilvestrado en un barrio de Hernani, en el que se produjo el primer mestizaje importante que ha conocido esa villa. Durante los años sesenta, la llegada de emigrantes de regiones del Sur (Extremadura, Andalucía) supuso un cambio de costumbres y de fisonomía local, muy parecida (aunque a otra escala) que la que ahora estamos experimentando con la llegada de emigrantes europeos, suramericanos y árabes. De aquella época conservo recuerdos impactantes e imborrables, muchos de ellos ligados al contraste de culturas y niveles de vida. Y uno de ellos, aparentemente insustancial, es la imagen de los tendederos de ropa en ventanas y balcones, protegidos en días de pronóstico del tiempo incierto por unos irregularmente cortados trozos de plástico que, a pesar de su presencia poco gratificante, la gente conservaba como oro en paño. No sólo para esos menesteres sino para otros igualmente importantes como, por ejemplo, para que cunas y camas no se mojaran con incontinencias infantiles o seniles.

La gente nos referíamos a esos trozos de plástico usando el término plexiglas, un nombre extraño que, en realidad, provenía de la marca registrada por la firma alemana Röhm & Haas para un material polimérico que hoy conocemos como polimetilmetacrilato o metacrilato a secas. El polimetilmetacrilato (PMMA) es un material plástico que se obtiene a partir de un líquido incoloro, con un olor intenso y penetrante que puede irritar ojos y pulmones y que se denomina metacrilato de metilo. Cuando en virtud de una reacción química, muchas moléculas de metacrilato de metilo se unen en cadenas de cientos o miles de átomos obtenemos un material sólido que es el PMMA y que, bien purificado, no tiene por qué oler a nada. Es un sólido que se vuelve blandito por encima de 110ºC y que puede meterse en moldes para fabricar objetos de lo más variados, como los vidrios de seguridad de muchas oficinas bancarias o las carcasas de los conocidos bolígrafos BIC. Pero también se puede usar ese material para obtener filmes u hojas delgadas que, en virtud de su pequeño espesor son flexibles y pueden plegarse sobre si mismas. Ese es nuestro plexiglas, aunque para Röhm & Haas todo el PMMA que vendía para cualquier uso lo hacía bajo ese nombre comercial. Pero, a veces, la gente identifica nombres comerciales con funcionalidades de un objeto. Siempre me acuerdo de que en muchas zonas de Burgos al betún para el calzado le han llamado Serbus, nombre comercial del primer betún que llegó a esos lares.

Y aquí viene la conexión con mis actuales desventuras. Desde los inicios en los años 60 de las operaciones quirúrgicas conducentes a la colocación de prótesis de cadera, el PMMA se ha utilizado como el pegamento o cemento que adhería el vástago metálico de la prótesis artificial al hueso que la recibe.
De hecho, el PMMA se produce mediante una polimerización “in situ” del monómero (el metacrilato de metilo) durante el propio proceso quirúrgico. No puedo dejar pasar la oportunidad de decir que también la pieza de color blanco que veis en la inserción de la prótesis en la cadera es otro polímero, un polietileno muy especial que se conoce como polietileno de ultra alto peso molecular (UHMWPE), un material con cadenas que tiene varios cientos de miles de átomos de carbono unidos entre sí.

El empleo de PMMA como cemento está hoy un poco de capa caída pues tiene varios inconvenientes. De hecho, muchas de las primeras prótesis que se colocaron tuvieron que revisarse al cabo de unos pocos años como consecuencia de que el PMMA no funcionaba bien como adhesivo. La razón del problema estriba en que mientras el hueso es un material poroso donde el adhesivo se introduce y ancla debidamente, el metal solía tener una superficie poco rugosa y el PMMA no encontraba sitios donde “agarrarse”. La consecuencia es que la prótesis se soltaba y había que volver a empezar. Hay que volver a operar, eliminar el adhesivo viejo del hueso y poner uno nuevo, un lío vamos. A este respecto, mi amiga del alma, la Prof. Berridi, dedicó sus buenos días, hace años, a una actividad un poco rocambolesca surgida del propio Servicio de Traumatología que ahora nos acoge. Utilizando huesos de cerdo desprovistos de su delicioso jamón, tenía que ensayar diversos disolventes para eliminar restos de PMMA que los cirujanos alli aplicaban, en un intento de reproducir los problemas que encontraban en los huesos de sus pacientes a los que la prótesis había fallado. Y allí andaba ella (y yo de mirón) aplicando tetrahidrofurano, cloroformo, tolueno y lo que fuera para ver si el resultado en cuanto a eliminación del cemento de PMMA era mejor que el del fenol que por entonces se usaba en el Servicio. Para los que no seais químicos os dará igual una cosa que otra, pero cuando nosotros nos enteramos de que usaban fenol nos dio una especie de repelús.

Mucha gente ha dedicado esfuerzos a resolver los problemas de la baja adhesión hueso/prótesis, buscando modificaciones superficiales en la prótesis para que el cemento pueda unirse mejor. En otros casos, la prótesis se recubre de hidroxiapatita, un material similar en composición a nuestros propios huesos, y se deja sin cementar, esperando que sea el propio hueso el que se regenere alrededor de esa capa de hidroxiapatita. Pero seguro que ya ando metiendo la gamba en temas que me caen muy lejos.

El PMMA o plexiglas tiene también una importante participación en la historia de las lentes de contacto. Aunque hay quien dice (ver Wikipedia) que la idea de las lentes de contacto como correctoras de problemas de visión anda rondando la cabeza de los humanos desde los tiempos del inconmensurable Leonardo da Vinci, lo cierto es que la historia real de las lentes de contacto, tal y como ahora las conocemos, sólo arranca de verdad cuando los polímeros aparecen en escena. Un optometrista neoyorquino, William Feinbloom fue el primero en introducir lo que hoy se denominan lentes rígidas. Construidas con nuestro amigo el plexiglas, tenían el problema de no permitir que el oxígeno del aire llegara a la parte protegida por la lente, con lo que provocaba varios efectos poco deseables. A lo largo de los años ochenta se propusieron nuevos tipos de materiales para producir lentes rígidas con mayor capacidad de dejar pasar el oxígeno. Son las llamadas lentes RPG (Rigid Permeable Gas Lenses). Entre los materiales que se han utilizado hay polímeros de la familia de los metacrilatos pero no tenemos mucho espacio para extendernos y vamos a centrarnos en el familiar principal del PMMA en este campo de aplicación.

La siguiente revolución de las lentes de contacto, las llamadas lentes blandas, llegaron de la mano del polímero conocido como polihidroxietil metacrilato (PHEMA), cuyo parentesco con el plexiglas o PMMA es evidente en el nombre. Fue propuesto para esa aplicación en los primeros años sesenta por un grupo de químicos checos liderados por Otto Wichterle en el Instituto de Química Macromolecular de la Academia Checoslovaca de Ciencias en Praga. En realidad, estos químicos sintetizaban cadenas de ese polímero, cadenas que unían entre si de forma somera usando otros reactivos, haciendo así que, en lugar de estar sueltas, formaran una especie de redes. En contacto con agua, esas redes absorbían hasta un 40% de ella sin disolverse finalmente, debido a la presencia de los entrecruzamientos entre cadenas. Son materiales que, de forma genérica, se llaman hidrogeles y de los que ya hemos hablado en otras entradas sobre pañales y otras cosas similares, de amplio uso, como decía arriba, en esta planta de Traumatología en la que escribo.

En 1960, Wichterle y Lim publicaron un artículo en Nature proponiendo el uso de geles hidrofílicos para usos biológicos. Según estos autores, el material debía ser adecuado para que su estructura permitiera retener un determinado contenido de agua, debía ser un material inerte para los procesos biológicos normales, incluyendo la resistencia a la degradación del polímero ante las reacciones desfavorables del organismo y, finalmente, debía ser permeable a las sustancias implicadas en el organismo (gases y disoluciones, fundamentalmente).

Para proseguir sus investigaciones, Wichterle tuvo que enfrentarse con el Instituto en el que trabajaba y con el escepticismo del colectivo de los ópticos. Este material polimérico fue patentado en 1963. A lo largo de la década de los sesenta, tanto el uso de lentes de hidrogel como la experimentación con estos materiales fueron limitados y los resultados, decepcionantes. Aunque por lo general resultaban lentes bastante cómodas, solía ser un problema conseguir una visión satisfactoria ya que, debido a su consistencia blanda, perdían a menudo su forma original y distorsionaban la imagen.

En Harrisburg, Pasadena, USA, otro emprendedor optometrista (debe ser inherente a la profesión) llamado Robert J. Morrison se percató del potencial de este nuevo material y viajó a Checoslovaquia, en donde compró al gobierno checo los derechos de fabricación de lentes de PHEMA según la técnica de Wichterle por unos 330.000 dólares estadounidenses. El pobre Wichterle no se enteró de la fiesta, así andaban las cosas tras el telón de acero aquellos años. Aunque trató de encontrar un fabricante/desarrollador del productos sus esfuerzos fueron vanos y, al final optó por hacer caja, como dicen los jugadores de Bolsa. Dos abogados de patentes, Martin Pollack y Jerome Feldman, propietarios de la empresa National Patent Development Corp. (NPD), que sabían sobre lentes de contacto lo mismo que yo sobre cinematografía búlgara, se dieron cuenta, sin embargo, del potencial de este producto y compraron a Morrison los derechos sobre el mismo por un millón de dólares. Morrison también hizo una buena caja pero los abogados de patentes tampoco hicieron un mal negocio. Tras intentar que varias empresas importantes de óptica se interesaran por este tipo de lentes, consiguieron por fin que Bausch & Lomb adquiriera en 1967 la patente por tres millones de dólares. A Pollack le siguió picando la curiosidad en el tema y fundó, años después, American Hydron, que actualmente forma parte de Ocular Sciences (Biomedics). Así que el primo PHEMA anda bien implantado en estas cuestiones y haciendo caja para sus dueños día a día. Aunque desde 1999 se tiene que enfrentar a la competencia de lentes blandas a base de hidrogeles de silicona. Pero estos ya no son parientes de nuestro plexiglas.

Y para terminar me gustaría presentar a otra extensa familia de primos de nuestro plexiglas. Son los llamados acrilatos (obsérvese que desaparece el término met-, lo que significa que los acrilatos tienen en su estructura un grupo metilo, CH3, menos que sus primos los metacrilatos). Un miembro significativo de esta panda de primos es el acrilato de etilo, un líquido de características muy similares al metacrilato de metilo. Cuando este ciudadano polimeriza, forma cadenas largas, cadenas que son los componentes fundamentales de muchas de las pinturas que empleamos a la hora de recubrir paredes, coches, etc. Hace años estos polímeros se presentaban disueltos en disolventes orgánicos como el tolueno. Al extender la pintura sobre una superficie, el disolvente se evaporaba a la atmósfera y el polímero solidificaba sobre la superficie a recubrir. Hoy en día, el uso de disolventes orgánicos que acaben en la atmósfera está mal visto, y en muchos sitios prohibido, por lo que han aparecido las llamadas pinturas al agua. En este caso no se trata de verdaderas disoluciones sino dispersiones o látex en los que partículas sólidas muy pequeñas de polímero están dispersas y estabilizadas en agua (por eso, a veces, cuando dejamos mucho tiempo un bote de pintura en un sitio, al abrirlo, nos encontramos con dos capas: una es prácticamente agua y la otra son partículas sólidas que se han depositado en el fondo). Al aplicar estas pinturas sobre una superficie, el agua se va evaporando (y es agua) y las partículas van agrupándose entre ellas hasta formar una capa uniforme sobre la superficie, de similares características a la que se obtenía con las pinturas en base a disolventes.

Y os dejo, que ya viene por el pasillo el carro de las comidas. Y tengo que templar gaitas con mi padre al que no convence mucho el servicio de Restaurante del Hospital.

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lunes, 12 de febrero de 2007

Química snob y peligrosa

Fernando Cossío

Uno de los atractivos de trabajar como profesor universitario es que a poco que uno se mueva en el mundillo científico, suele ir a congresos y saraos académicos varios. Vamos, que se viaja bastante y se conoce gente. Por ejemplo, el pasado agosto estaba en Budapest en un congreso de Química curioseando las diferentes contribuciones de grupos de investigación de todo el mundo. Entre los últimos resultados sobre los temas más exóticos, un póster me llamó la atención. Era sobre análisis químicos de tintas empleadas en tatuajes. Le dejé mi tarjeta a la investigadora que había dirigido el trabajo, la doctora Eva Engel, de la Universidad de Regensburg (Alemania). Ella me envió una copia en formato pdf de su póster y me preguntó si yo también investigaba en colorantes y tatuajes. No, no investigo en este campo, le respondí, es que me gusta comentar con mis alumnos aspectos de la química orgánica relacionados con la vida cotidiana y creo que este tema les interesará. Ah, ya entiendo, me contestó. Y añadió: En ese caso, dígale a sus alumnos que tengan mucho cuidado. Me quedé un poco sorprendido. Sí, ya sé que las medidas de higiene y demás son muy importantes a la hora de hacer un tatuaje pero, ¿había algo más?.

Se puede decir que el tatuaje es tan viejo como la especie humana. La antropóloga Nina G. Jablonski, autora de “Skin: A Natural History” define a los humanos como “primates que se decoran a sí mismos”. Aunque los restos fósiles no dejan rastro del aspecto de la piel, una buena pista es el famoso Otzi, el hombre del hielo neolítico cuyos restos congelados fueron hallados en los Alpes en 1991. Este buen hombre vivió hace unos 5.000 años y tenía tatuajes en la espalda y en las rodillas. En todas las culturas de las que se dispone de legado escrito o iconográfico, desde los egipcios a los polinesios, se encuentran técnicas y rituales de tatuaje. Sin ir más lejos, la misma palabra (en francés “tatouage”, en inglés “tattoo”) proviene de los términos polinesios “ta” (golpear) y “tau-tau”, que describe el golpeteo característico mediante el que se generaban los dibujos sobre la piel. El término latino era “estigma”, que significa “marca hecha con un instrumento afilado”, pero también “marca para reconocimiento hecha en la piel de un esclavo o criminal”. De hecho, en la cultura cristiana el tatuaje no estaba bien visto, al menos desde que el emperador Constantino (272-337), primer emperador cristiano de Roma, decretase su prohibición. El argumento era que, puesto que el hombre estaba hecho a imagen y semejanza de Dios, cualquier alteración permanente de su aspecto iba contra los designios divinos.

Sin embargo, en el siglo XVIII, en plena era de las grandes exploraciones, el tatuaje fue redescubierto por los marinos que se aventuraron en Oriente y en los mares del Sur. Así, Joseph Banks, un naturalista de la Royal Society que viajó con el capitán James Cook a la Polinesia, describió con detalle el proceso en 1769 y, como hemos visto, introdujo el término. También fueron los viajes de Cook los que descubrieron para occidente el arte Moko entre los maoríes, un elaborado y muy doloroso proceso que duraba meses y que daba por resultado tatuajes de diseños negros en espiral y a rayas que cubrían todo el cuerpo y la cara, como se ve en la figura de la izquierda. Muchos marineros abrieron negocios en los puertos y en las ciudades en los que se podían obtener tatuajes con los motivos más variopintos. Hacia el siglo XIX el tatuaje estaba ampliamente extendido entre los trabajadores, los marineros y los presidiarios de media Europa. Las clases más elevadas lo despreciaban como una práctica bárbara propia de gentes de baja estofa (Un estigma, vamos). La cosa cambió, al menos en Inglaterra, cuando los nietos de la reina Victoria redescubrieron el tatuaje japonés (introducido allí desde China) y dieron a esta práctica el toque chic que le faltaba para una aceptación social más generalizada. Hoy día un 10 % de los adultos alemanes lleva tatuajes. En Estados Unidos este porcentaje es del 16 %, lo que equivale a nada menos que 45 millones de personas.

La técnica utilizada para llevar a cabo tatuajes permanentes fue fijada por Samuel O’Reilly mediante una patente registrada en 1891, que a su vez era una modificación de otra invención patentada en 1876 por el inevitable Thomas A. Edison. El aparato consiste en una aguja (o agujas) que se introduce perforando la piel hasta alcanzar la dermis, donde se deposita la sustancia colorante. Por cierto, que aquí empiezan los problemas y los avisos de mi colega alemana ya que el daño es considerable, y los efectos a medio y largo plazo no son bien conocidos. El organismo intenta defenderse de la agresión eliminando parte del pigmento de la dermis a través de los macrófagos y de los neutrófilos, mientras que el resto queda alojado permanentemente. Según un informe de la FDA americana, estos macrófagos y neutrófilos acaban en el sistema linfático, por lo que se han encontrado restos de colorantes en los nódulos linfáticos. Se desconoce el efecto de esos pigmentos en los nódulos linfáticos, aunque ya han dado más de un susto. En el caso de tatuajes negros, la presencia de manchas negras en los nódulos linfáticos ha sido interpretada en ocasiones (erróneamente) como metástasis de melanoma, un tipo de cáncer de piel.

Mi compañera de Facultad, y sin embargo amiga, Jacqueline Forcada , me ha informado de que a los problemas y potenciales peligros arriba mencionados hay que añadir uno relacionado con ellos e inesperado: La anestesia epidural. Resulta que muchos médicos se niegan a utilizarla con personas que tengan tatuada la parte de la espalda que se emplea para introducir la aguja. Al parecer se han producido tumores que se han atribuido al paso del colorante del tatuaje a la médula espinal, según ha declarado el Dr. J. Ramón Rodríguez, del Hospital Gregorio Marañón, que añade: “En nuestro centro prácticamente todos los anestesistas se niegan a punzar una piel con tinta.” Así que razón de más para pensárselo…

¿Qué tintas y colorantes se utilizan en los tatuajes? Pues prácticamente todas las sustancias químicas coloreadas, suspendidas o disueltas en un “transportador” líquido. Estos “transportadores” son el alcohol etílico o etanol, el agua, la glicerina o (agárrense) el Listerine, ese preparado que usamos algunos después de limpiarnos los dientes. Como los controles no son muy rigurosos, hay quien utiliza sustancias altamente tóxicas como el etilenglicol (véase esta entrada), el metanol o los alcoholes desnaturalizados. En cuanto a los colorantes, los más conocidos son los de color negro, que los polinesios y los maoríes lograban con carbón vegetal o con huesos molidos y calcinados. Hoy en día se utilizan mucho los óxidos de hierro (FeO y Fe3O4, utilizado en el tatuaje de la izquierda). Otro color muy usado en tatuajes es el rojo, que se obtiene mediante el rojo cadmio (CdSe), el cinabrio (HgS), el sesquióxido de hierro (Fe2O3) o colorantes azoicos derivados del naftol, tales como el PR9 y el PR22 (éste último también utilizado en la parte roja del tatuaje de arriba a la izquierda). Dada la toxicidad del cadmio y el mercurio y a lo brillante de sus colorido, se utilizan cada vez más los colorantes azoicos. Los colores amarillos se consiguen con compuestos inorgánicos como el amarillo de cadmio (CdS y CdZnS), el amarillo de cromo (PbCrO4) o sustancias orgánicas como la especia curcumina , obtenida a partir del tubérculo kunyit (curcuma longa), que da color amarillo al curry y que está en equilibrio en sus formas ceto y enólica. Como se requiere bastante color amarillo para que el tatuaje sea bien visible, hay que utilizar una cantidad elevada de colorante, por lo que es más fácil que se produzcan reacciones adversas, especialmente si se emplean metales tóxicos como el cadmio o el plomo. En fin, que ya puestos, mejor evitar este tipo de colores débiles.

Podríamos seguir con otros colores como el verde, el ocre o el azul, pero el resultado es siempre el mismo: Los colorantes empleados en los tatuajes son los que se utilizan habitualmente en cartuchos y en tóners de impresoras o en pintura para coches. Por tanto, no está regulado su uso en seres humanos. Hay dos posibles interpretaciones: Lo que no está regulado o está permitido o está prohibido. La mayoría de las legislaciones optan por lo primero (Aunque la FDA está pensando en lo segundo), y de ahí el aviso de mi colega Engel: realmente no tenemos demasiada idea de qué puede pasar a medio o largo plazo con los colorantes más nuevos, aunque ya se están recibiendo avisos. Por ejemplo, un número reciente de la revista Nature alertaba de la posible activación de colorantes al ser tratados con láser para eliminar tatuajes. Resulta que las sustancias activadas resultantes del tratamiento pueden ser cancerígenas. Por otra parte, recordemos que los óxidos de hierro se utilizan profusamente para los tatuajes de color negro y (en menor medida) rojo. Su fuente habitual es la magnetita, algo sin demasiada importancia… hasta ahora. Resulta que cada vez se utiliza más a menudo la resonancia magnética nuclear como herramienta de diagnóstico en medicina. No vamos a entrar aquí en detalles acerca de esta técnica, por lo demás inofensiva (sobre todo si la comparamos con los rayos X), pero baste decir que emplea campos magnéticos y radiofrecuencias que, al interaccionar con las partículas magnéticas del tatuaje, producen una absorción de energía notable por parte de la piel, que se traduce en molestias como picores y, en casos graves (cada vez más probables dados los pedazos de tatuajes que se ven por ahí) quemaduras.

O sea que, en franca contradicción con la Quimiofobia que nos invade y que tanto preocupa al Búho (y a un servidor), a las mismas personas que protestan por los aditivos infinitesimales en los plásticos o en la ropa, que estarían dispuestas a llevar a los tribunales a una empresa farmacéutica a la menor reacción adversa, que claman en favor de la vida natural, no les importa meterse en el cuerpo pintura de coches, tinta de impresoras o minerales magnéticos. ¿Por qué? Probablemente porque la Dra. Jablonski ha dado en el clavo, porque somos monos pelones a los que nos encanta pintarrajearnos.

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Datos personales

Boredom is the highest mental state, según Einstein. Pero, a veces, aburrirse cansa. Y por eso ando en esto, persiguiendo quimiofóbicos.